17 de Junio de 2022 a las 10:23

Eficiencia energética, Calidad en edificación

Necesita mejorar
.Montserrat Bosch González

En este segundo artículo relacionado con la rehabilitación de edificios nos vamos a centrar en la calidad de las viviendas desde el punto de vista de la habitabilidad, la salubridad y el confort y, por consiguiente, del arduo trabajo que tenemos por delante. 

¿Necesitan mejorar nuestras viviendas?
Sí, seguro. En la jornada celebrada en formato webinar on line, en diciembre de 2020 (en pleno confinamiento en nuestras casas y hogares) y titulada "La mejora de las viviendas en la sociedad post pandemia por la COVID-19", se daba por supuesto que la sociedad sería distinta y se expresaba, soterradamente, otro mensaje: las viviendas “debían mejorar”, lo que recordaba (con algo de maldad) el eufemismo que el sistema educativo hizo suyo, en su día, para enmascarar los suspensos de toda la vida.

Nuestro parque edificado necesita mejorar (5,5 millones de edificios residenciales y unos 9,7 millones de viviendas principales, según el Real Decreto-ley 19/2021 del Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana) y es por ello que la rehabilitación se ha convertido en el vector prioritario de las políticas económicas y de las estrategias de desarrollo sostenible que se dan en la mayoría de países con un patrimonio construido y consolidado. Pero, ¿suspenden nuestras viviendas? Y aquí, para dar una respuesta justificada, deberíamos incorporar un sistema de evaluación bien definido, acordado, contrastado, verificado, testeado y validado, algo que más o menos podemos hacer con el sistema de certificaciones energéticas o las inspecciones técnicas de edificios pero que no nos permitiría “evaluar” de manera global, nuestras viviendas. 

Si podemos decir, con cierta seguridad, que durante los confinamientos hemos estado en casa más tiempo que nunca, lo que nos ha permitido descubrir las carencias, valores, ventajas, necesidades, desideratas, cosas que no funcionan, las que hemos readaptado, los espacios desperdiciados y a las vecinas de enfrente. Hemos hecho un examen en nuestras viviendas y seguramente, si nos presentaran un cuestionario suficientemente ordenado, seríamos capaces de ponerle nota, como hicieron, de manera poética los participantes en el concurso de fotografía PhotoEspaña 20 desdemibalcón, o como hicieron, con una capacidad de reacción encomiable, desde el Instituto Valenciano de la Edificación (IVE), que en junio de 2020 ya publicaban los resultados de una encuesta sobre las viviendas en tiempos de COVID-19.

El documento del IVE, de lectura recomendada, proporciona sobre una muestra de 2367 encuestas sobre la vivienda, realizadas en la Comunidad Valenciana, datos y gráficos fácilmente trasladables al resto de España. Algunas conclusiones son obvias: cuanto menor es la vivienda más sensación de que la vida de los usuarios ha empeorado, una sensación que también es, ligeramente superior, en aquellas viviendas anteriores a la Norma sobre condiciones térmicas en los edificios NBE-CT79.

Pero hay algunas realidades que deberían empujarnos a la reflexión: el 42% de las personas encuestadas declaraba no disponer de ningún espacio al aire libre (balcón, terraza, patio); el 27% no disponía ni de balcón; la mayoría de los encuestados habían hecho un uso más intensivo de los espacios de socialización (cocina, comedor, estar), pero no los mayores de 65 años, que se diferenciaban en el uso de los espacios porque a diferencia del conjunto, habían aumentado el uso del dormitorio, lo que puede indicar algunos trastornos o síntomas asociados al confinamiento (tristeza, apatía, falta de motivación).

También había buenas señales en cuanto a la resiliencia de la sociedad frente a la situación COVID-19. En la opinión que los encuestados mostraban en relación a su entorno, aunque alrededor del 60/70% reconocían no haber cambiado de opinión respecto a la Unidad de Convivencia (UdC), la vivienda, el vecindario o el barrio, sí había entre un 20% y un 30% de las personas que reconocían que su opinión sobre el entorno había mejorado (un 29% respecto al vecindario y un 26% con la UdC ). Y aunque el nivel de satisfacción con el entorno mostraba pocas respuestas negativas, la vivienda era la que recogía mayor insatisfacción (13% la vivienda, 8% el barrio, 7% el vecindario y un 6% la UdC).

Las viviendas, por lo tanto, necesitan mejorar, pero no parecen estar, en general, tan mal. Quizás porque el nivel de exigencia no es tan elevado entre los propios usuarios como entre los profesionales y/o evaluadores que, a menudo, nos encontramos ante el encargo de hacer un diagnóstico y que, si nos ponemos estrictos, detectamos carencias y problemas graves, si no, en el mejor de los casos, falta de información.

Las prestaciones relacionadas con la habitabilidad y el confort.
Según la propia definición de la página web, el Código Técnico de la Edificación (CTE) es el marco normativo que establece las exigencias que deben cumplir los edificios en relación a los requerimientos básicos de seguridad y habitabilidad establecidos por la Ley 38/1999 de Ordenación de la Edificación (LOE). Por tanto, y como mínimo, desde la entrada en vigor del CTE (29 de marzo de 2006) los edificios garantizan las condiciones de habitabilidad mínimas y las viviendas construidas anteriormente, disponen de un marco normativo que debería permitir llegar a alcanzar también, a partir de la rehabilitación, estos parámetros prestacionales.

Ciertamente, el CTE es una muy buena herramienta para examinar los edificios: desde los diferentes Documentos Básicos podemos ir recogiendo todas aquellas condiciones de habitabilidad que nos permiten cumplir con la ley; protección frente a la humedad, recogida y evacuación de residuos, calidad del aire interior, suministro de agua, evacuación de aguas y, recientemente, protección frente al radón (DB HS Salubridad); bienestar térmico e iluminación (DB HE Ahorro de Energía); protección frente al ruido (DB HR); y seguridad de uso y accesibilidad (DB SUA).

Pero, efectivamente, quedan parámetros para evaluar que escapan del marco normativo: no es suficiente con garantizar el suministro de agua, sino que es necesario garantizar su calidad; igual ocurre con la luz, que el CTE exige cumplir en cuanto a luxes mínimos según el uso de los espacios, pero en ningún sitio habla de la calidad de la luz, o de la necesidad de entrada de luz natural real (tendríamos que repensarnos el nombre de algunos patios de luces que no son más que pozos de tristeza). Y qué decir de la toxicidad de los materiales o de la paradoja de los “edificios enfermos”, que merecen un artículo para ellos solos.

Éstas deberían ser condiciones básicas garantizadas sin escatimar. Y éste debería ser el objetivo del sector de la construcción: diseñar, construir bien y, dada la situación actual, rehabilitar, acondicionar y renovar el parque edificado. Y en esta línea se gesta la “Renovation Wave” por parte de la Comisión Europea (octubre 2020).

Éste es el gran “reto verde” para los próximos años: una “Ola de renovación” enfocada a mejorar la eficiencia energética de los edificios y reducir la huella de carbono; que pretende duplicar la tasa de renovación para reducir las emisiones, impulsar la recuperación y disminuir la pobreza energética. De aquí a 2030, se podrían renovar, en Europa, 35 millones de edificios y crearse hasta 160.000 puestos de trabajo verdes adicionales en el sector de la construcción. Y con el siguiente objetivo: con casi 34 millones de europeos que no pueden permitirse calentar sus hogares, las políticas públicas de fomento de la renovación eficiente desde el punto de vista energético son también una respuesta a la pobreza energética, contribuyen a la salud y el bienestar de las personas y ayudan a reducir su factura energética.

En palabras de la propia Comisión: “La crisis de la COVID-19 ha puesto el foco de atención en nuestros edificios, su importancia en nuestra vida cotidiana y sus puntos débiles. A lo largo de la pandemia, el hogar ha sido el centro de la vida cotidiana de millones de europeos: una oficina para el teletrabajo, una guardería o un aula improvisada para niños y alumnos, y para muchos el sitio principal para sus compras o su entretenimiento por internet.

La inversión en los edificios puede aportar un estímulo muy necesario en el sector de la construcción y de la macroeconomía. Las obras de renovación requieren mucha mano de obra, crean empleo e inversiones vinculadas a cadenas de suministro a menudo locales, generan demanda de equipos altamente eficientes desde el punto de vista energético, aumentan la resiliencia frente al cambio climático y aportan valor a largo plazo en las propiedades”.

Y este es el verdadero reto que se nos presenta: la habitabilidad, la calidad de vida, el confort, la salud, en definitiva, dependen de cómo son nuestros edificios, puesto que en ellos pasamos el 80% de las horas (trabajando, descansando y/o socializando). La rehabilitación de edificios no es sólo una cuestión tecnológica, precisa incorporar nuevas estrategias y cuestiones éticas como la equidad y el derecho a una vivienda digna y segura. Es una necesidad social y debe considerarse como un Objetivo de Desarrollo Sostenible para una sociedad mejor.

 


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